viernes, 31 de marzo de 2017

H. P. Lovecraft, El resucitador, Traducción de Juan Cárdenas. Ediciones Periférica. Cáceres. 2014. ISBN: 9788492865864. pp. 96.

*Texto publicado originariamente en EL GENIO MALIGNO. REVISTA DE HUMANIDADES Y CIENCIAS SOCIALES,  ISSN:1988-3927 20, Marzo 2017, pp. 122-123. Página Web y el trabajo en pdf.


Resumen: En esta reseña nos proponemos analizar una nueva edición y traducción de una de las obras más conocidas del maestro del terror y uno de los padres de la ciencia ficción: H. P. Lovecraft. De la misma forma, intentaremos abordar brevemente los temas “lovecraftianos” de esta obra para ofrecer una visión de conjunto sobre su mundo de ficción.

Palabras claves: Lovecraft; Herbert West; Resucitador; terror; ciencia ficción.


De Herbert West, amigo mío durante el tiempo de la universidad y
posteriormente, no puedo hablar sino con extremo terror.
Terror que no se debe totalmente a la forma siniestra en que
desapareció recientemente, sino que tuvo origen
en la naturaleza entera del trabajo de su vida


Nacido a finales del S. XIX (concretamente en 1890), H. P. Lovecraft fue uno de los principales artífices del nacimiento de la literatura de ciencia ficción vinculada al género del terror, bajo unas influencias de corte clásico como pudieran ser los seres de corte mitológico de A. Blackwood o la densidad argumental de Edgar Allan Poe, autor con el que compartía la obsesión de una tortuosa existencia. Este terror al que hacemos referencia, se distancia del terror clásico que puebla la fábula de monstruos, fantasmas o asesinos. La singularidad de Lovecraft radicó en el hecho de dejar una huella indeleble en ese terror que la crítica ha definido como horror “cósmico”. Imágenes sobrenaturales, seres ancestrales o reconstrucciones oníricas representando mundos abstractos que el ser humano no es capaz ni de concebir, son algunos de los elementos que todo lector atento puede encontrar al abrir las páginas de la obra de Lovecraft. Esa es, por tanto, la herencia del genio de Providence ha legado al género. Sin embargo, la obra que nos proponemos reseñar no es participe de este miedo cósmico, si bien es cierto que guarda muchos lugares comunes de la literatura lovecraftiana. El horror del que nos hace cómplice esta obra es un horror más terrenal, fruto de la desviada mente de uno de los personajes que traza con absoluta genialidad en las líneas de este relato.
Herbert West: Reanimador (Herbert West: Reanimator)1 es un relato de terror en seis capítulos “autoconclusivos” escritos por H. P. Lovecraft en 1922. En él se explora la historia de un médico-investigador empeñado en encontrar un elixir que reviva a la gente, ya que para nuestro protagonista el más allá no existe. Por ello, el ser humano es solo un conjunto orgánico, de ahí que sea posible revivir incitándolo. Junto a este médico-investigador, la novela ofrece la presencia de otro personaje que actuará como narrador de la historia, al rememorar desde un futuro estos acontecimientos. Aunque su nombre no sale a relucir en las líneas de esta obra, poco importa que se trata de un personaje innominado, pues no es el protagonista ni aspirará a serlo y a pesar de empezar con entusiasmo la tarea de ayudar a West en sus experimentos, poco a poco va desconfiando de sus métodos para conseguir y reanimar seres vivos.
Al principio, a Herbert West le mueve el puro interés científico, si bien más adelante se convertirá en blanco morboso y obsesivo para Herbert West, hasta el punto de articular su vida entera. De este modo, inicia sus experimentos con animales, pero enseguida considera que tiene que probarlo en seres humanos para obtener el verdadero conocimiento. En este punto, Lovecraft ambienta la novela como si se tratara de Shelley o Stevenson: el científico que se retira a un lugar alejado para tener un laboratorio clandestino. Trazando otros vínculos temáticos con otras obras de la tradición literaria, la resurrección de un muerto recuerda a la memorable historia de Frankenstein, con la que se conecta a través de una vertiginosa fuerza narrativa. A medida que avanza el relato, el lector acierta a vislumbrar la idea del científico obsesionado por un propósito de naturaleza irreal, para cuya resolución no escatima en romper cualquier tipo de barrera moral y que incluso exhuma cierta carácter paródico2 del ancestral conflicto técnica-creador.

La reputación de nuestro médico protagonista en la Facultad de Medicina de Arkham -ubicación ciertamente ficticia- fue empeorando y, durante una epidemia de tifus, Allan Halsey, decano de esta facultad, muere. Aprovechando su muerte, Herbert West prueba su elixir en él, en una narración de Lovecraft que no se entretiene en describir los métodos científicos, pues se otorga total protagonismo a la naturaleza de ese acto. De acuerdo con la lógica interna del relato, el resultado no puede ser peor: Allan Halsey se convierte en un violento caníbal que es encerrado en un psiquiátrico. No es la primera vez que estos experimentos salen mal y tampoco será la última, pues muchos de estos monstruos quedarán vagando por el país hasta que reclamen su lugar al final de la historia.
Tras una serie de mudanzas a otras localidades, finalmente Herbert y su compañero terminan en la Gran Guerra sirviendo como cirujanos, empresa que amerita la coartada perfecta para que el doctor siga llevando a cabo sus experimentos ocultos. De entre los pasajes del relato que impregnan de terror la atmósfera lovecraftiana, uno de los momentos de mayor tensión dramática -de fuerza horripilante y repulsión incisiva- tiene lugar cuando Herbert consigue el cadáver decapitado de un aviador que había sido un pupilo suyo. Lejos de sentir empatía o tristeza por esta situación, despojado de su humanidad, emprenderá un siniestro episodio dando vida a una forma no-humana con la que más tarde tendrá un re-encuentro.
El último capítulo -o relato, ya que fue una novela estrenada a tomos en una revista allá por los lejanos años 20 del S. XX-, es quasi perfecto. El literato de Providence crea una atmósfera envolvente y oscura en la que encontrará su fin el doctor Herbert West, ya que las creaciones perdidas que fue dejando por el camino fruto de su locura, vendrán a reclamarlo a su nuevo hogar ubicado cerca de un cementerio. La escena acontece en el sótano y de ella será testigo su colaborador que al intentar recordarla, no podrá separar lo real de lo ficticio, fabulado o monstruoso, sumergiéndonos en ese misterio tan del gusto de Lovecraft. En definitiva, este último acontecimiento de la obra ofrece una muestra muy perfilada sobre la eterna rebelión de la creación ante el creador, aquí mostrado como un abrupto desenlace para hacer estallar esa atmósfera cargada de fatalismo que rodea a la obra desde su inicio hasta su final.
Resta decir que nos encontramos ante una obra que si bien no se muestra clave para descubrir los arquetipos de la literatura lovecraftiana, perfila esos rasgos que inequívocamente pertenecen a la pluma de Lovecraft; a saber: ese destino/fatum del que el ser humano no puede escapar, los peligros de la ciencia y, vinculado al anterior, los conocimientos prohibidos, siendo en este caso la enfermiza obsesión por retornar a los muertos a la vida, atentando contra la propia naturaleza. En síntesis, a través de los temas que hemos mencionado, se articula una historia que juega de forma morbosa con los sempiternos motivos de la muerte y del más allá, sobre el conflicto entre la técnica y el creador de ésta, todo aderezado con un toque irónico y de humor negro que, a la postre, ha convertido esta obra -junto con sus adaptaciones cinematográficas- en todo un icono dentro del género de la ciencia ficción y el terror enfermizo que se alberga en las profundidades del ser humano.


1Esta edición se toma la libertad de cambiarle el título a “El resucitador”. Debido, a como dicen sus propios editores y traductores a "acuerdo entre editores y traductor. Siempre hemos creído (somos muy lectores de Lovecraft) que en español el asunto central, con todo lo que encierra cristianamente esa palabra, es la resurrección, y no cabe otra" Recuperado de http://www.elconfidencial.com/cultura/2014-03-03/espana-se-rinde-al-terrorifico-culto-secreto-de-lovecraft_95165/ (06/01/2016).


2Vertiente que parece que si toma con mucha más fuerza sus tres libreadaptaciones cinematográficas: Re-animator (Stuart Gordon, 1985), Bride of Re-animator (Brian Yuzna, 1990) y Beyond Re-animator (Brian Yuzna, 2003).

José Ángel Castillo Lozano
Carmen María López López

sábado, 18 de febrero de 2017

El humor y la parodia del III REICH en el cine de Charles Chaplin



El mensaje que lanza la película viene canalizado a través del humor, en este caso, de la sátira, la caricatura y, en definitiva, de la burla. Este arte de lo satírico, tan bien reflejado en nuestra película, permite a Chaplin pintar las contrariedades del hombre; intención que, en este caso, es al mismo tiempo, loable y peligrosa, al tratarse de la imitación exacerbada de Adolf Hitler. Éste y cualquier individuo, ante su caricatura, puede reconocer y captar mejor que nunca sus defectos y faltas, al ponerse al descubierto las vergüenzas del personaje, que es así entregado al desprecio de la multitud y a sus sarcasmos.


Chaplin pretende así, utilizando este dos medios de masas, el cine y el humor, hacer una crítica mordaz de los totalitarismos, concretamente los fascistas, que por aquel momento estaban. Por contra, Chaplin afirma que si hubiera conocido las atroces acciones que llevaban a cabo los alemanes, no hubiese sido capaz de generar todo lo necesario para producir esta película. Sus palabras exactas fueron: “Si hubiera tenido conocimiento de los horrores de los campos de concentración alemanes no habría podido rodar. El gran dictador: no habría podido burlarme de la demencia homicida de los nazis; no obstante, estaba decidido a ridiculizar su absurda mística en relación con una raza de sangre pura”. Por ello, Chaplin quiere lanzar esta vez el mensaje de la importancia que tiene la historia como elemento influyente en nuestra vida diaria, por lo tanto no quiere escapar a ella o mostrar desinterés hacia tales problemas, ni por supuesto negar el proceso histórico, sino al contrario, afirmarlo con total rotundidad, para que quede más clara que su defensa de la lucha entre el fascismo y la democracia es una lucha por la justicia, por la lógica histórica, por la felicidad de su pobre barbero, de la que estaba tan escaso y de la que se le quiere sustraer totalmente.






Este mensaje viene en su mayor parte concentrado de forma magistral al final de la película, un final de evidente optimista, en el que Chaplin, después de haberse quitado la máscara de Hitler, pronuncia un discurso cargado de entonaciones humanas, angustia e inquietudes. Se trata de una auténtica “homilía”, de una “apelación a los hombres” que resume las ideas de Chaplin, sus aspiraciones y su deseo de una humanidad libre y dichosa. En la pantalla, este mensaje al mundo dura seis minutos, y, con él, el director pretende sustituir a la obra y a su intriga, del mismo modo que sustituye por su propia persona la del personaje. Por ello, en este momento, la ideología “chapliniana”, si se me permite la terminología, prevalece sobre su arte al convertirse el antes creador en orador. Con ello, el artista, tal y como afirmó el gran realizador soviético Pudovkin, “quiere mostrar, del modo más claro, el noble fin a que tendía” De esta forma, Chaplin, en la última escena, hace del pobre hombre que tanto tiempo le acompañó un héroe, que ahora no solamente combate para vivir o llevar una existencia de gentleman como en tiempos anteriores, sino por algo más elevado, por el derecho del hombre a vivir como hombre, es decir, al derecho de que se respete su dignidad y libertad como tal, y por ende, su felicidad, cuestiones todas ellas que se estaban viendo subyugadas por la opresión totalitaria del régimen nazi. Este último acto del barbero, lo hace encontrarse con sí mismo, con su voz y su pensamientos, transformándose en la cabeza de una idea social, en paladín de los grandes ideales de la humanidad. Por ello, por primera vez en la creación “chapliniana” se insinúa el tema heroico, el tema de la lucha por modificar el curso de la historia.
Además, Chaplin agrega a la aventura (como siempre conmovedora, ridícula y pavorosa) una nueva sensación y es que, esta vez, las desgracias de su personaje, en este caso, judío, no son personales, sino comunes a toda su raza y a toda la humanidad. Por primera vez, Chaplin va más allá de su pequeño protagonista ya que la lucha por la conquista de un modesto bienestar, se transforma en historia trágica de todo un pueblo, haciéndonos ver además los motivos que originan dicha tragedia de la permanente infelicidad en un enemigo que personifica en sí mismo todo aquello que oprime y mata al hombre. Este enemigo es el fascismo, es Hitler y cuidado porque como dijo Bretch (y está volviendo a pasar): "la fiera que dió luz a la bestia, vuelve a estar en celo".



lunes, 14 de marzo de 2016

The man in the high castle (2015). ¿Qué pasaría si los nazis hubiesen triunfado en la 2º Guerra Mundial?

Sinopsis
Adaptación de la novela homónima de Philip K. Dick "El hombre en el castillo". Las fuerzas del Eje (Alemania y Japón) ganaron la II Guerra Mundial y ahora Estados Unidos está dividida en tres partes. Joe Blake, un luchador de la resistencia, parte de la Nueva York alemana con un misterioso cargamento hacia la zona neutral de Colorado. Por su parte, en la San Francisco japonesa, Juliana Crane recibe de manos de su hermana unas filmaciones que muestran una realidad alternativa en la que los aliados ganan la guerra. (FILMAFFINITY)
Comentario
Inspirada en la homónima novela del grandísimo P. K. Dick, “The man in the High Castle” nos plantea un mundo ucrónico donde el vencedor de la Segunda Guerra Mundial no es el bloque de los aliados sino el del Reich alemán apoyado por el Imperio japones. Este es el escenario que nos encontramos cuando realizamos el primer visionado de esta producción. La ambientación, no puede ser mejor, de esta manera, somos partícipes de los mecanismos propios de estados totalitarios que a través de la coacción, la tortura, las purgas (incluso se respira el aire antisemita propio del nazismo), etc.

Dentro de este escenario, décadas después del día de la victoria alemana (ya no se celebra el 20-N), se nos presenta una situación política exterior basada en un status quo entre el bando alemán y el japonés que se respetan en apariencia pero que, por dentro, se respira una paz tensa que precederá a una guerra que en esta primera temporada aún no estalla debido a acciones individuales de algunos personajes. Sin embargo, gran parte de los altos mandos alemanes quieren hacer estallar esta guerra y asegurarse un cargo de honor ante una próxima desaparición de A. Hitler, gravemente enfermo.
Así es la situación geopolítica que se respira en la serie. Sin embargo, el principal argumento, radica en la existencia de un hombre desconocido (The man in the High Castle) que, en algún punto desconocido de los desaparecidos EEUU, suministra una serie de películas a la resistencia yankee. Dichas películas, y ahí va la carga “dickiana”, consisten en presentar una realidad paralela (¿la nuestra?) y jugar así, como hace el literato en sus novelas, con los límites de la realidad y la fantasía, ¿qué es real? ¿qué es fantasía? ¿vivimos en la realidad correcta? ¿existe otra dimensión paralela donde los nazis vencieron la guerra? Todo pertenece al enorme universo de P. K. Dick que creía que el mismo tenía dos identidades, la suya propia y otra de un cristiano perseguido por Nerón cuando dormía. Fuera de la anécdota, estoy presentando uno de los tópicos literarios más afamados de este escritor (dicho tema también se explora en “Así fluyan las lágrimas dijo el policía” y en otras muchas obras suyas) y que se recoge con gran acierto y que será uno de los temas que domine la serie en un futuro.
En definitiva, es una serie que he visto a lo largo de los últimos días y de la cual me llevo una grata sorpresa. Además, cae en lo que para mi es una ventaja, no se deja llevar por maniqueismos, nos muestra el lado más brutal de los nazis, japos y de la resistencia, al mismo tiempo que nos muestra sus aspectos más humanos. De esta forma, tenemos personajes bastante bien trazados y desarrollados aún para ser la primera temporada de esta producción y obviando ciertas simplificaciones, la serie hace gala de un notorio mérito argumental, dosificando con suma eficacia los picos de tensión y logrando con ello inducir en el espectador una desazón creciente que alcanza cotas rayanas en lo insoportable —a la par que memorable— durante un “final de temporada” que nos deja perplejos y atónitos. Todo viene envuelto, además, en un primoroso diseño de producción en el que se ve la mano sabia de un Ridley Scott, aquí productor ejecutivo, con experiencia sobradamente contrastada en estas lides.
Aquí os dejo el trailer y su magnífico opening:

José Ángel Castillo Lozano

miércoles, 6 de enero de 2016

HEINRICH HEINE: ESPÍRITUS ELEMENTALES. Edición y traducción a cargo del Dr. D. José Antonio Molina Gómez*

[*Texto publicado originariamente en Tonos Digital, nº 28. Enero 2015. ISSN 1577-6921 junto a Carmen María López López. Enlace: http://www.um.es/tonosdigital/znum28/secciones/resenas-2--heine.htm#_ftnref8 ]




En esta reseña se presenta la nueva edición y traducción de Espíritus elementales(Elementargeister und Dämonen) del autor romántico alemán Heinrich Heine, a  cargo del profesor de la Universidad de Murcia D. José Antonio Molina Gómez. El campo de estudio del profesor Molina gira en torno a la mentalidad, la cultura y la antropología de la Antigüedad Tardía y la Historiografía alemana del S. XIX. Además de ello, el amor y la pasión que siente hacia la literatura y su valía como traductor están fuera de toda duda, al ser autor de un blog de crítica literaria[1] y ser traductor de autores como el propio Heine[2], Hunger y Harrauer[3], Gregorovius[4], Malaczewski[5] y Schopenhauer[6].

En  esta cuidada traducción de J. A. Molina para Ediciones Irreverentes (2014), nos encontramos ante una obra que fue inicialmente dedicada al público francés, aunque fuera publicada en Alemania en 1837. En ella Heine supera la simple exaltación romántica del pasado y sabe trascender la tópica idealización de los tiempos pretéritos, mostrando un gran conocimiento de la cultura popular alemana, hacia una recuperación de su calor eterno e intemporal para ofrecer su obra a un público que inconscientemente se ha ido alejando de lo primordial, en pos de abrazar una sociedad altamente tecnificada y convulsa.




Este anhelo hacia la pureza que representa lo primordial no supone una ceguera para el autor de Alemania. Un cuento de invierno (Deutschland. Ein Wintermärchen,1844), El señor de Schnabelewopski (Aus den Memoiren des Herren von Schnabelewopski, 1833) o Los Dioses en el Exilio (Les dieux en exilie[7], 1853). Heine se caracterizó por su lucha y por ser un radical defensor de la causa de la libertad, por lo tanto, aprovecha el pasado (la utopía del pasado) como un mecanismo que genera un escenario ideal para realizar una feroz critica de la sociedad de su tiempo y a la maldad y barbarie inherentes al ser humano contemporáneo.

En esta obra, el escritor alemán nos presenta una serie de cuentos y leyendas de la tradición centroeuropea, aunque también abundan aquellas de raigambre germana que conocía gracias a la tradición oral. Pero no solo será la tradición oral su fuente para escribir esta obra, ya que Heine beberá de las obras de los hermanos Grimm, de los escritos de Paracelso sobre los espíritus elementales y de J. Pretorius entre otros. Por ello, uno de los principales deseos para este poeta alemán era resucitar la tradición germánica pagana, anterior a un cristianismo que únicamente erosionaba y destruía esa gran herencia, pervirtiendo los elementos divinos paganos[8]. En este punto aflora todo el anticlericalismo del poeta romántico alemán y su fuerte ironía y cinismo frente al catolicismo y otras religiones como el islamismo[9]. Las primeras páginas de su obra ya nos ponen en la pista de su sentimiento hacia la iglesia que fundara San Pedro[10] y a lo largo de su obra se va repitiendo con mayor o menor sutileza, alcanzando su cenit cuando nos narra la historia de los sacerdotes acuáticos[11] con un tono ácido y corrosivo.

Esta obra huye de cualquier tipo de sistematización por capítulos, epígrafes o algo parecido. Sin embargo, sí podemos observar que sigue cierto orden, ya que va engarzando las distintas historias, leyendas y hechos taumatúrgicos relatados a través de hilos temáticos. De este modo, empieza a contar los hechos asociados al espíritu elemental de la tierra que se vincula con los enanos. Posteriormente continúa con los espíritus del aire asociados a los elfos, luego prosigue con los del agua (nixos) para finalizar con los del fuego a los que asimila al demonio o al diablo, un espíritu elemental pagano demonizado por el cristianismo. De esta manera, las narraciones de Heine siguen un orden lógico, pues en cada relato empieza esbozando una idea que, a la postre, se convertirá en hilo conductor de la historia, que terminará a su vez con una especie de valoración personal. Mediante este mecanismo discursivo, el autor conecta con la prisca sapientia intemporal, siempre ácida e irónica pero sutil, al comparar el tiempo pasado (mundos de los elfos, duendes, valkirias, etc.) con el presente.

De esta forma, se atisba el anhelo que muestra Heine ante un pasado que considera puro frente a un presente desolador. Este fenómeno responde a un estado natural del ser humano al considerar los tiempos pasados como algo mejor. En consecuencia, no ha de extrañarnos que Heine recoja este tópico universal que también se da en la cultura grecorromana con mitos y pasajes como el de la Edad de Oro de Hesíodo o el relato de pueblos como la sociedad hiperbórea[12] o los feacios de laOdisea. Por dicho motivo, el autor alemán representa en su obra los elementos principales del culto en los pueblos indoeuropeos: el fuego, el saber, las piedras, los árboles, los ríos, el elemento agua, etc., y su relación con el ser humano, mostrándonos la naturaleza negativa de éste frente a los elementos primordiales en lo que parece ser una añoranza a un pasado mejor. De la misma forma, no faltan personajes míticos propios del mundo mítico y folklórico germano: valkirias, nixas, valkirias, enanos o elfos, así como reyes míticos como el emperador Federico Barbarroja, el rey Arturo o Sigmund.

Para ir finalizando estas breves notas, nos gustaría destacar la última de las leyendas que cuenta Heine en su lúcida obra y que pertenece al emperador Federico Barbarroja, leyenda que adquiere ciertos rasgos mesiánicos. La leyenda cuenta que este emperador permanece en una cueva un lugar que tradicionalmente ha sido morada de criaturas fantásticas, es decir, es un lugar primordial y puro en sí mismo en la montaña Kyffhaüser. Allí espera con toda su corte hasta que llegue el momento propicio para recuperar su reino e instaurar un espacio que regenerará un mundo donde todos los hombres fueran felices. Esto se conseguiría a través de una serie de augurios: cuando el vuelo de los cuervos cambiase y un árbol antaño seco volviera a echar brotes verdes[13].

Es al final de la obra cuando se vislumbra esa “misteriosa esperanza” (p. 78) del autor en pos de un mundo mejor, no solo en esos mundos creados a partir de su pluma, sino elevando cada una de estas historias como metáfora de esa realidad tan desligada de la pureza a la que aspiraba Heine en sus escritos. Por tanto, este es su último grito desesperado, grito que supo cautivar a toda una generación y que no merece ser relegado al olvido en nuestro días, habida cuenta de que su lectura se puede extrapolar con gran facilidad a nuestro tiempo.

José Ángel Castillo Lozano

Carmen María López López


Referencias:

[1]     Titulado Trazos en la arenahttp://joseantoniomolinagomez.blogspot.com.es/ (consultado el 29/12/2014).
[2]     Para la versión de esta obra se ha empleado la edición Hoffmann y Campe de Hamburgo 7. Band. Über Deutschland, 3. Theil Elementargeister und Dämonen, año 1861, de la que se aprovechó la referencia a las divergencias con las ediciones francesas como se apunta en el mismo prólogo (p. 9).
[3]     Diccionario de Mitología griega y romana. Ed. Herder. 2008.
[4]     Atenais. Ed. Herder. 2013.
[5]     Caballos en el monte. Ed. Encuentros. 2012. En esta edición también interviene Joanna Kudelko.
[6]     El arte de sobrevivir. Ed. Herder. 2013.
[7]     Los dioses en el exilio, cuyo equivalente alemán es Die Götter im Exil, fue publicado inicialmente en Francia, en concreto, en la Revue des Deux mondes (1853).
[8]     Por poner dos ejemplos al respecto: “la opinión cristiana, se resistía a considerar a aquellos espíritus elementalescomo meros demonios” (p. 13) y “En época pagana era de las reinas y mujeres nobles de quienes se decía que podían volar y dicho poder mágico, antes tenido por honroso, fue después, en época cristiana, concebido como unaaberración propia de la brujería” (p. 51).
[9]     “donde el inculto musulmán toma por auténticas las figuras petrificadas a las estatuas y cariátides” (p. 17).
[10]  Sus palabras textuales son “En las hogazas que hace el panadero se dibuja aún el viejo pentalfa y así nuestro pan de cada día sigue llevando el símbolo de la primitiva religión germana. ¡Qué contraste tan significativo arroja este verdadero pan frente al pan de la mentira, seco y sin sal, que nos reparten en el culto religioso! (p. 11).
[11]  “Por cierto ¡estoy seguro de que no sabéis que existen obispos bajo el mar! (…) Quizá la mayoría de los seres marinos sean cristianos, y por lo menos tan buenos cristianos como la mayor parte de los franceses” (p. 41)
[12]  Del que recientemente se ha publicado un somero estudio: Castillo Lozano, J. A. (2014). “La sociedad hiperbórea: ¿utopía o mito? Reflexiones acerca de la naturaleza y el significado del relato hiperbóreo”. Panta Rei. Revista Digital de Ciencia y Didáctica de la Historia, 11-24.
[13]  Lo que es un bonito detalle antropológico cuyo origen debemos rastrear  en los albores de la humanidad y que se ha convertido en un tópico de la literatura universal (cabe recordar que Ulises aparece como un labrador en la Iliadao que una leyenda medieval nos narra que de un palo surgieron ramas que fue un hecho divino para coronar a Wambae) y del cine (como aquel bastón que florece al final de la película de Ben Hur).

lunes, 9 de noviembre de 2015

Truman y la aceptación del viaje final.

Con motivo de la fiesta del cine, pude volver a pisar una sala de cine sin sentirme atracado. La elección fue difícil ya que en Murcia aún ofrecían The Irrational Man (W. Allen, 2015) y The Martian (R. Scott, 2015). Sin embargo, decidimos ver esta película (Truman, C. Gay, 2015), había algo en ella fascinante, un halo que nos hizo decidirnos por ella y, cosas del destino, acertamos de lleno pues es una película que te ayuda a reflexionar ante una situación que tarde o temprano, por el inescrutable paso del tiempo, deberemos afrontar.




Dicha película nos pone en la piel de Julián (interpretado por un excelso Ricardo Darín) y de Tomás (personaje al que da vida un maduro J. Cámara), dos amigos de la infancia que, por avatares de la vida, se han separado y prácticamente viven en “puntas distintas del mundo”, uno en Madrid y otro en Cánada, “el polo norte” como dice jocosamente Julián. Pero esta distancia geográfica no será impedimento cuando a Julián se le detecte un cáncer terminal que creía haber vencido pero que a los pocos meses le volvió a atacar. Ante esta situación, el personaje que interpreta el maravilloso actor argentino decidirá vivir los últimos días de su vida sin los inconvenientes que le supone las quimioterapia, ¿para qué vivir enfermo? ¿para apurar unos días de vida? ¿merece la pena? Todas estas preguntas se nos pasa por la cabeza gracias a una sutileza y lirismo que brotará en todo momento en este film. De esta manera, Julián decide vivir sus últimos días con libertad y con ese sentido de la vida que siempre ha tenido. Pero aún más, aunque no se diga textualmente en la película, sutilmente (ay esa bendita sutileza que el cine moderno ha olvidado…) vemos como este personaje optará por ir cortando poco a poco los finos hilos que aún le unen a la vida.
Aquí adquiere importancia la figura de Truman, un orgulloso y fiel perro que ha sido prácticamente la única compañía de Julián y al que decide dar en adopción a alguna buena familia. Esto, en cierta medida, será el hilo conductor de un film donde podemos ver dos partes muy diferenciadas. Una primera donde se nos presenta con cierto humor negro el estado y la situación de Julián y una segunda donde el drama va aflorando y vemos como Julián va cortado, como si de una parca se tratara, los hilos de su vida. De esta manera, se despide de su hijo, elimina un pecado del pasado y, finalmente, escoge la mejor opción para su compañero Truman. Todo esto bajo la atenta mirada de su amigo Tomás que al igual que la película va evolucionando desde un tímido personaje que intenta que Julián cambie de opinión hasta su fiel escudero que respeta e, incluso, admira la determinación y la fuerza de su amigo del alma al que servirá como ángel protector en su heroica misión de prepararse ante la muerte. Una muerte que al mismo tiempo engendra vida como sucede en una de las escenas finales de esta producción cinematográfica y que tendrá un mensaje muy fuerte que no es sino la libertad de uno mismo para decidir en una sociedad que ha ido perdiendo poco a poco sus valores en pos de un mercantilismo devorador como se muestra de manera tan ácida, a la par de humorística, en la escena de la funeraria.
El final de la película, aunque no se muestra (bendita sutileza), es claro. Julián ha conseguido poner en orden su vida terrenal para afrontar el último gran viaje del que todos seremos pasajeros alguna vez. En definitiva, es una película de admirar, de fuerte reflexión-enseñanza (al menos de esa que dejan huellas en aquellos que la ven con interés) y de unos grandes valores (pues aprovechando la amistad y la muerte, vemos valores como la paternidad, la pasión, el amor, la soledad, etc) que echamos en falta estos último años en un cine más preocupado en agradar a la masa que en transmitir unos valores y reflexiones del que siempre ha sido vehículo, no en vano, por ello recibe el apelativo del 7º arte.





José Ángel Castillo Lozano

jueves, 16 de abril de 2015

Breves notas sobre el género Péplum en la historia del cine


Con el término PÉPLUM se hace referencia al cine de aventuras ambientado en la Antigüedad, con especial atención al mundo grecorromano. De hecho, el término péplum (del griego "πεπλον" -peplo-) hace referencia al vestuario que se utilizaban en estas producciones cinematográficas ya que el peplo no era sino una túnica que se abrochaba al hombro y cuyo término fue utilizado por vez primera por Jacques Siclier en el número de mayo de 1962 de la revista Cahiers du Cinéma (nº 131), en un artículo titulado "L'âge du péplum". 

Es evidente que la cultura clásica se encuentra en el mundo actual en todos y cada uno de los campos de su creación artística. Esto es debido en parte a que todas las grandes obran deben su herencia a un tronco común del que se van derivando los distintos argumentos, esto es la tesis de la afamada obra “La semilla inmortal. Los argumentos universales del cine” de Xavier Pérez y Jordi Balló (2010). Por este motivo, distintos directores han buscado a sus musas en el mundo antiguo y en el mundo mitológico, cuyas historias, leyendas y mitos ofrecen temas tan evocadores e interesantes como para abrir nuevas posibilidades de replanteamiento y de reelaboración.
Retomando el tema de nuevo del cine propiamente dicho, hemos de incidir en que las películas de temática antigua no eran novedad en el cine, como por ejemplo “Cabiria” (G. Pastrone –seudónimo: Piero Fosco-, 1914) o “Intolerancia” (D. K. Griffith, 1916). Sin embargo, el género péplum propiamente dicho aparece con la película “Hércules” (P. Franciscini, 1958). A partir de esta fecha, el género péplum gozará de su edad dorada en el mundo del cine, sobre todo, en el italiano.

Fotograma de Hércules

Sin embargo, las actuales nuevas corrientes estudiosas de este género cinematográfico han dejado de ver al péplum como esas películas de romanos de bajo coste y de origen italiano, de hecho, la propia RAE define a “péplum” como películas ambientadas en la antigüedad y no solo esas que se englobarían dentro de la definición del spaghetti péplum. De esta manera, hoy en día tendemos a ver al cine péplum como la conjunción de una serie de géneros como el colosal del que nace el péplum clásico y que tiene obras tan afamadas como la ya mencionada “Cabiria” o la versión de Enrico Guasón (1913) de “Quo Vadis”. 
Cartel de Cabiria
Además, esta “fusión” de géneros más allá del péplum canónico también convergió con el péplum norteamericano habida cuenta de que durante las décadas de los 50 y los 60 adquiriría una gran importancia con películas tan interesantes como Cleopatra (J. L. Mankiewicz, 1963) o Espartaco (S. Kubrick, 1960) y con una corriente más tardía que se da en la década de los 70 y que se conoce como antipéplum así las películas de Pasolini “Edipo rey” (1967) o Medea (1969), o el “SAtiricón” (Fellini, 1969) las introduciríamos aquí entre tantas otras (aunque es cierto que a partir de estas fechas el género péplum va descendiendo para entrar en un anonimato durante las décadas finales del S. XX). Estas películas norteamericanas añadieron nuevos escenarios geográficos como fue el Próximo Oriente y la tierra de los faraones: Egipto.


Cartel de Edipo Rey
Todas estas películas tenían una serie de lugares comunes en sus narraciones, unos personajes más o menos estereotipados, la importancia de los lugares urbanos como escenarios de la acción y una serie de técnicas narrativas que los hace únicos en su género. Estas películas tienen en común que tratan temas de la antigüedad con más o menos rigor y es que no debemos olvidar que son películas, una manifestación histórica más. Por lo tanto, tampoco debemos criticar excesivamente sus anacronismos y fallos siempre que sea una buena película. Otro concepto que debemos tener en cuenta es que son películas dirigidas por directores contemporáneos, por ello, muchas de las inquietudes o ideas del director se verán reflejadas en la película pues como dijo el afamado historiador B. Croce: "toda historia es historia contemporánea". De esta forma, en películas como “Espartaco” (S. Kubrick, 1960) o “La caída del imperio romano” (A. Mann, 1964) vemos preocupaciones innatas de la guerra fría y del miedo aún latente a los totalitarismos. Sin embargo, en películas más recientes como “Gladiator” (R. Scott, 2000) o “El reino de los cielos” (R. Scott, 2005) vemos la preocupación de su director ante la guerra y ante la convivencia de distintas culturas como son la cristiana y la musulmana, más presente en la segunda de ellas, parámetro que también se repite en “Agora” (A. Amenábar, 2009) con el conflicto entre cristianos y paganos.

Fotograma de Agora.
Finalmente, todas estas características han sido heredadas y, a su vez, actualizadas por un nuevo renacer en nuestros tiempos de este género ya que nosotros hemos sido testigos directos de cómo una nueva hornada de películas e, incluso, series de temática antigua han invadido nuestro cine. Así películas como "300" (Z. Snyder, 2007) o Gladiator (R. Scott, 2000) han supuesto grandes éxitos en taquilla. Además, estas nuevas películas toman de herencia números recursos del cine más puramente bélico, ¿quién no ha recordado el desembarco de Normandia al ver la primera escena de Gladiator o el desembarco de los mirmidones en las playas de Troya? O ¿quién no ha visto similitudes entre las explosiones del bosque de Germania en Gladiator con el bombardeo de Apocalipsis Now? En conclusión, estas nuevas películas del género péplum han conllevado a que los especialistas se obliguen a redefinir nuevamente este concepto porque si bien es cierto que hereda mucho de los péplum “clásicos”, si se me permite el término, también es cierto que añade nuevas perspectivas y nuevas visiones a este género tan amplio y rico en matices que incluso añadiría por sus características comunes películas que en un principio no catalogaríamos como tales como “El reino de los cielos” ( R. Scott, 2005) o, incluso, la película con tintes de ciencia ficción como “Outlander” (McCain, 2008). Todo ello ha llevado a que estemos en un nuevo movimiento de este género cinematográfico que ha recibido el nombre de “nouvelle péplum” del que espero como amante de este género y como historiador grandes obras cinematográficas en un futuro.

José Ángel Castillo Lozano


viernes, 20 de marzo de 2015

Hotaru no Haka (Grave of the Fireflies / La tumba de las luciérnagas). Una de las historias más bellas que nos ha legado el cine.


"EL DÍA 21 DE SEPTIEMBRE DE 1945 YO MORÍ"

Dicha producción cinematográfica fue primera la película dirigida por Takahata con el Studio Ghibli y el tercer largometraje del estudio. Considerada junto a La lista de Schindler (S. Spielberg, 1993) y El pianista (R. Polanski, 2002) como una de las mejores películas antibelicistas de todos los tiempos, y una obra maestra del cine de animación que por desgracia no tiene el pedigrí de las dos anteriores.
La película comienza con una escena del todo lapidante ya que nos narra como muere un niño en una estación de trenes por inanición. A pesar de lo cruel del suceso, la gente lo ve y no se inmuta ya que por desgracia esto no era un fenómeno aislado ya que muchos “niños de la guerra” habían quedado huérfanos y “caían como moscas” como se dice en la propia película. Este punto de inicio marca toda la historia ya que el narrador de ella será este mismo niño que nos relatará los últimos sucesos de su vida que le han llevado a este trágico final.
La tumba de las luciérnagas  está basada en una novela de Akiyuki Nosaka. En cierta medida, la novela es casi autobiográfica ya que el autor tuvo vivencias similares durante la guerra viviendo con su hermana. Sin embargo, la novela no tiene la fuerza y el espíritu con la que se dota su adaptación cinematográfica.
Para ver esta película, hay que olvidarse de esos motivos que se encuentran en el cine del Studio Ghibli y en el de su máximo exponente: Hayao Miyazaki. Aquí no encontraremos simpáticos espíritus del bosque como Totoro, no encontraremos valientes heroínas que luchan satisfactoriamente para salvar su bosque, ni historias de amor, ni maquinas voladoras asombrosas. No. En esta cinta encontraremos un reflejo duro y realista de la guerra, de las penurias que provoca, de armas como los bombarderos que provocan innumerables destrozos, de los instintos más bajo que se despiertan en el ser humano para sobrevivir, etc. Por añadidura veremos todo esto narrado desde la óptica de la capa más inocente de la sociedad: dos niños que intentarán adaptarse a un mundo devorador que no ha sido hecho para ellos. Aquí radica la grandeza de esta película no apta para todos los públicos debido a que veremos la aventura de dos jóvenes criaturas que nunca perderán la esperanza ni su inocencia a pesar de que el espectador vea desde un principio que esta bella historia no va a tener un buen final.



Por estos motivos, nos encontramos ante una película amarga, brutal y desesperanzadora a la par que realista y es que se trata de una historia que perfectamente podría haber pasado en la realidad lo que nos lleva a plantearnos cuantos “Seitas y Setsukos” (los protagonistas del film) tuvieron que haber durante el transcurso de la 2º Guerra Mundial o de las guerras más recientes. A pesar de esto, Takahata también sabe dotar esta desoladora historia de cierto encanto y ternura al desarrollar el vínculo entre estos dos hermanos huérfanos de padre y madre a pesar del contaminante entorno. De hecho, incluso cuando están muriendo de hambre, enfermedades e infecciones, el director sabe introducirnos momentos mágicos como la caja de caramelos o del jugueteo en el columpio.



En definitiva, gracias al cuidado de Takahata en el dibujo y en el desarrollo de la película, tenemos una de las narraciones más bellas que ha dado la ya dilatada historia del cine y que nos narra los sufrimientos de la guerra de una forma sutil (de hecho no aparece ni una sola escena bélica en toda la película) utilizando el recurso de contar la historia bajo el prisma de dos niños abandonados y solos en este vasto universo y es que, por desgracia, en este mundo, lo primero que muere es aquello más insignificante aunque sea lo que más brille, lo que más luz proporcione. Es una lástima, pero lo primero que muere son las luciérnagas.





Aquí os dejo su cuidada BSO. Solo el escuchar de nuevo su banda sonora ya hace que venga a mi unos sentimientos que solo se pueden albergar al visionar este film.






José Ángel Castillo Lozano